La plaza

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Todas las plazas son parecidas.

Tienen ese eterno espíritu dominguero que lleva a que en ellas desaparezca el apuro cotidiano, típico de estos tiempos.

La de mi ciudad no escapaba a estos cánones.

Sus largos bancos de madera pintada de blanco eran una invitación permanente.

Nuestro prócer, inmóvil y frío, los contemplaba desde el mismo centro, con esa majestuosidad que suelen tener los monumentos.

Un poco más a la izquierda, la infaltable fuente con su chorro de agua, imán de los niños, atávicamente atraídos por el elemento líquido, rodeándola con gritos y correrías.

Contrapuesto a esto, el casi estatismo de algunos jubilados, para los que el reloj ya no contaba, disfrutando el regalo de los rayos de sol.

Complementaban el paisaje parejas y visitantes de paso, haciendo arrumacos unos y tomándose un descanso los otros.

Y nunca podría olvidarme de las palomas, elemento infaltable de toda plaza. Revoloteando entre la gente y buscando alguna miga de pan caída.

………………………………………………..

El tiempo, ese eterno destructor de todo lo que queremos, se la llevó, sacrificándola en honor de una calle nueva, que a alguien se le antojó que pasara justo por allí.

Como toda pérdida me dolió profundamente, y me generó una duda, que aún hoy con el paso de los años, no logro contestarme:

¿Adónde fueron las palomas?

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LUIS RODRÍGUEZ

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6 comentarios en “La plaza

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