Orgullo

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Medina era bancario.

Cajero del gran “Banco Latinoamericano de Desarrollo Industrial”, desde hacía veinte años.

Y estaba orgulloso de eso, tal vez en demasía. Tanto que se lo hacía saber a quien quisiera y a quien no.

Se sentía superior. Despreciaba a la clase obrera, a la que se ganaba su jornal con el sudor de su frente y de todo lo demás.

El era un intelectual. ¡Faltaba más!

Me dan asco esos obreros sucios -comentaba con un compañero- no saben hablar más que de mujeres y de vino. Pasan por la vida sin siquiera enterarse de que existen otras cosas. Y para colmo creen saberlo todo. Es el precio de la pereza y la comodidad.

Mientras me mataba estudiando ellos andaban de joda, emborrachándose todos los días y riéndose de mí, porque no me permitía tantos disparates.

Ahí está la diferencia con ellos, la pereza; tan simple como eso Gómez, si no son nadie es por vagos. ¿Sabes lo que se merecen? ¡El desprecio de nosotros, los superiores.

_¿No te estás yendo al carajo? -opinó su colega-. Si piensas un poco, nosotros también trabajamos por un sueldo.

_¡Nada que ver! -casi gritó Medina, enarbolando una mueca de desprecio, y dando media vuelta dio por finalizada la conversación.

……………………………………………..

Pasaron unos meses, y una tarde de verano Medina fue llamado urgentemente a la oficina del director del banco.

Entró con paso firme a la oficina de su superior y se sorprendió al encontrar dos extraños sujetos acompañando a su jefe.

Vestían con relativa elegancia, pero su aspecto era de hombres rudos, no se parecían en nada a gente de negocios.

_¡Siéntese! -clamó el director con una brusquedad que lo extrañó.

_¿Qué pasa? -dijo asustado, mientras obedecía la orden.

_Pasa que usted nos está robando -enfatizó el aludido, apoyando ambas manos sobre el escritorio y levantándose unos centímetros de su asiento.

_¿Robando? -preguntó, cada vez más nervioso-. ¿De dónde sacó ese disparate?

_Lo venimos controlando desde hace tiempo. Alguien nos informó que su nivel de vida no concordaba con su sueldo. Un contador constató las irregularidades en los libros, y como dos y dos son cuatro…

_Pero yo no…

_Es inútil que lo niegue -habló uno de los visitantes-. Somos policías, y con el permiso del gerente colocamos cámaras. Está todo filmado.

Considérese detenido. Nos tiene que acompañar.

Fue llevado sin miramiento alguno a un obligado viaje en tres etapas: comisaría, juzgado y cárcel.

Y en esta última quedó por varios años.

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Pasó un largo y penoso tiempo encerrado, pero ¡al fin! recobró la libertad. Habían pasado cinco años.

Cambió mucho allí dentro. Ya no tenía aquel porte orgulloso. Caminaba lenta y ligeramente encorvado, como buscando su honra perdida en el suelo.

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Salió, y después de un tiempo ya estaba trabajando de nuevo.

Un rayo de sol dio en su rostro, acentuando aún más el blanco color de su pelo.

Sintió calor, y por reflejo instintivo que los años no habían logrado atenuar, llevó sus manos al cuello para aflojar el nudo de su corbata.

Pero no, hacía ya mucho tiempo que no la usaba. Y menos ahora.

Todo el mundo sabe que los cuidadores de autos no necesitan tenerla.

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LUIS RODRÍGUEZ

 

 

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24 comentarios en “Orgullo

  1. Excelente relato Luís. En efecto hay trabajos que manchan, pero nada que no se límpie con agua clara y jabón, eso lo aprendí con catorce años, en esa época algunos me llamaban “El grasas” Y sí, limpiaba los motores de los autos en un taller mecánico. Un abrazo.

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