El suicida

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Pablo Pérez tenía poca suerte.

Para comenzar vivía en un pueblito de “mala muerte”.

Justamente así se llamaba el mismo, según constaba en un viejo y despintado cartel situado a la entrada. Decía:

MALA MUERTE   73 habitantes y medio.

Siempre se sospechó que ese “y medio” fue agregado por algún bromista, como chanza por el enano Víctor, orgulloso lugareño al que todos conocían como medio litro. Dicen las malas lenguas que a veces iba al pueblo vecino donde había un cuartel y entraba sin permiso, para que le gritaran ¡alto!

Pero regresando a Pablo,no le llevaba mucha ventaja, ya que medía poco más de metro y medio y pesaba ciento veinte quilos mal repartidos. Según se decía era más ancho que alto.

Hacía pocos días que su mujer lo había dejado. Sin previo aviso se había mudado a la casa del vecino.

_¡Es porque tiene mejor sueldo que yo! -decía, descartando el detalle de que el vecino era un rubio atlético, con diez años menos.

Para colmo en ese momento estaba sin trabajo. Su última changa fue hacía un año y medio, cuando realizó una agotadora changa de sereno en que dormía toda la noche.

Desde ese entonces vivían del trabajo de lavandera de su exmujer.

Por todo esto decidió matarse.

Se dirigió al patio del fondo y eligió la rama más gruesa del único árbol, para pasar la cuerda. No sea cosa que me mate de un porrazo por querer suicidarme -pensó.

Hizo un nudo corredizo que no le quedó como los que había visto en las películas, pero de todas formas serviría.Subió a un banquillo, se ajustó la cuerda al cuello y pateó el pedestal de madera.

La rama resistió perfectamente, pero la cuerda no. Reventó al tensarse por todo el peso de su  brutal humanidad.

Quedó sentado en el pasto con aquel collar improvisado y la mirada perdida. Ahora le dolía el cuello y le ardían las nalgas.

Luego de un rato se le ocurrió algo más efectivo. Salió a la calle con la bufanda puesta para que no se notara la marca escarlata alrededor de su cuello.

Al ser pleno verano no pasó tan desapercibido como quería. Trató de poner cara de sentir frío a pesar de los cuarenta grados y se dirigió al río.

Sin pensarlo mucho se tiró al agua en la parte más profunda, conciente de que era como un pez, que si no lo sacan no sale.

Y fue justamente eso lo que pasó. Dos muchachos, Juan y Enrique, que se bañaban cerca de ese lugar, al sentir el estruendo de la caída se acercaron presurosos, rescatando con grandes trabajos al que no quería ser rescatado, ya que sus manotazos por soltarse los tomaron como desesperación.

_¡Ni matarse puede uno en este pueblo! -protestó al llegar a la orilla, ante el asombro de los chicos.

_¿Y por qué se quiere matar? -indagó Enrique, el muchacho más inteligente del lugar.

Pablo le explicó someramente y el otro lo escuchó con atención.

Finalmente le dijo:

_Todo tiene solución. Como usted sabe, mi padre se dedica a la granja y le puede dar trabajo. Lo demás viene solo. Recuerde que no hay solamente una mujer en el mundo. ¡Es tan linda la vida!

_Tienes razón -concordó Pablo, luego de pensarlo unos segundos- Fui un estúpido al dejarme llevar por el primer impulso. Voy a cambiar mi vida. Desde hoy seré un hombre nuevo. Me voy a cambiar de ropa y a comenzar a disfrutar la vida.

Luego voy a tu casa para hablar con tu padre.

Fue a cruzar la ruta, lleno de esperanzas y pensamientos optimistas.

Juan y Enrique vieron el camión de transporte de ganado que corría por la carretera.

Pero Pablo no lo vio…

………………………………………………………………………………………………….

LUIS RODRÍGUEZ.

 

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