La justicia de Egipto

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El aire olía vagamente a flores de loto.

Al fondo, y rodeado de su corte, se encontraba el faraón Amosis , escuchando atentamente a su consejero Nakhti. Éste le decía enfáticamente:

_¡Pero Alteza!  Estoy seguro que el gran Amón estará complacido con las reformas.

Éstas van a poner a los hombres libres de su lado. ¿Le parece extraña la propuesta de que cada veinte jornadas los hombres sean librados del trabajo para honrar a nuestros dioses?

Sé de pueblos que tienen esa costumbre. Hasta se les podría enseñar a hacer mejor su trabajo.

_¿El Buey Sagrado te llevó la razón? -protestó el monarca. ¿Es qué acaso no sabes que la obediencia se basa en el temor? ¿Quién querría respetar a un dios blando?

_Pueden tomarlo como bondad y no como debilidad -insistió Nakhti.

Es más, la política exterior de nuestro Egipto debería ser más flexible. Estamos rodeados de enemigos. ¿No será tiempo de entendernos con nuestros vecinos?

Amosis fue a replicar ese pensamiento, pero se arrepintió al momento. Ya no valía la pena.

Miró a su consejero y le dijo inexpresivo:

_Retírate. Voy a consultar con el gran sacerdote.

_Los dioses te guíen -saludo el consejero, retirándose y retrocediendo sin dar la espalda.

Amosis pensó en su padre, Kamosis, antiguo rey de Tebas, y en su triunfo sobre los hicsos, arrebatándoles el Egipto Medio. No dudó en lo que diría sobre las ideas de su consejero.

Pero los tiempos eran otros…

Observó a su derecha. Por una pequeña ventana se veía parte de la sala hipóstila del templo de Amón, con sus ciento treinta y cuatro robustas columnas.

Allí, en el Karnak, en el alto Egipto, los templos rivalizaban en opulencia.

De pronto un pequeño pájaro, sorprendido por un súbito golpe de viento, fue a dar con toda su insignificante humanidad contra la pesada puerta del templo, cayendo al suelo, probablemente muerto.

Esto le bastó al faraón para tener la certeza de que el dios Amón había hablado.

Llamó al jefe de su guardia personal. Éste vino presuroso, inclinándose respetuosamente.

_¡Ordéneme señor! -dijo éste con temor.

Ve con el verdugo  -ordenó Amosis, entornando aquellos ojos rasgados, acentuados por el maquillaje.

Autoriza en mi nombre la orden de ejecución para mi consejero Nakhti. Tiene ideas que pueden desatar la ira de nuestro amado pueblo.

………………………………………………………………………………………………………….

LUIS RODRÍGUEZ.


 

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