Día de pesca

 

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Llegaron muy temprano a la escollera.

Pablo, pescador aficionado desde hacía mucho tiempo, había aprovechado aquel domingo para llevar con él a su hijo Marito, de doce años.

Su intención era tratar de inculcar en el niño el placer de su pasatiempo preferido.

__Todo mi equipo de pesca va a ser tuyo algún día __le había dicho más de una vez.

Pero el muchacho no se encontraba entusiasmado. Es más, hacía unos días le había soltado a su padre una frase concisa y concluyente que a éste le había molestado bastante.

El niño lo había mirado a los ojos y juntando coraje le había dicho:

__¡No me gusta matar pececitos!

__Eso es porque nunca pescaste __sentenció el hombre__¡Vas a ver cuando le tomes el gusto!

__¡No me gusta! __enfatizó el niño, porfiado.

El padre no insistió, pero llegado el domingo lo llevó con él, sin tomar en cuenta las protestas del chico.

Caminaron por el largo y angosto camino de cemento armado que se adentraba en el mar. Las olas rompían con furia contra el dique provocando en el niño un estremecimiento, y haciéndolo sentir más pequeño, comparándose con las enormes fuerzas de la naturaleza.

Habían pocos pescadores a esa temprana hora en que el sol recién pugnaba por salir.

Pablo eligió un lugar, se sentó mirando el mar y desplegó sus elementos de pesca diciéndole a su hijo:

Mira bien, Marito. Después te voy a pedir que lo hagas tú.

Armó la caña y tomó carnada ensartándola en el anzuelo, para luego darle impulso, girándola sobre su cabeza y lanzando el sedal con su correspondiente plomada, lo más lejos que pudo.

__¿Veis como se hace? __le preguntó al niño.

__Sí, papá __contestó éste sin entusiasmo. El chico aguardó unos minutos y comenzando a aburrirse, se puso a caminar por el sendero de piedra, y a espantar, de vez en cuando, algunas gaviotas.

__¡No te vayas a caer! __advirtió su padre__. Mira que las orillas son resbalosas.

Dicho esto dedicó su atención a la boya. El ruido de las olas rompientes llenaba sus oídos, y el aroma del mar aumentaba su placer.

¡Esto es vida! __exclamó satisfecho y en voz alta para que su hijo se diera por enterado.

De vez en cuando miraba hacia atrás para controlar al niño, que consumía el tiempo lo mejor que podía, jugando con las gaviotas y mirando el mar.

Pasó un largo rato, y Pablo, ensimismado cada vez más en la ondulante boya, perdió la noción del tiempo.

Un momento después algo llamó su atención. Un objeto de goma, una zapatilla, flotaba delante de él, siguiendo el vaivén de las olas.

Rojo __observó Pablo__. Como los que trajo… __no terminó la frase y un escalofrío recorrió su cuerpo.

Miró hacia atrás y no vio a su hijo. Se levantó rápidamente tirando la caña a un costado y gritó con todas sus fuerzas:

__¡¡Maritooo!! ¡No, por favor! ¡¡Maritooo!!

__¿Qué pasa, papá? __dijo el asustado chico, saliendo desde atrás de un gordo pescador__.

¿Por que gritas así? Estaba conversando con el señor. Me decía que la pesca es un lindo deporte. Creo que me está comenzando a gustar. ¿Por qué estáis tan asustado?

Pablo no dijo nada. Recogió su equipo y emprendió el regreso junto a su hijo.

A Marito le empezaba a gustar la pesca. Pero su padre nunca más lo llevó a la escollera.

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LUIS RODRÍGUEZ.

 

 

 

 

 

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