Parte de libro…

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PARTE DEL LIBRO «EL PERGAMINO PERDIDO» EN amazon.es: luis nelson rodriguez custodio, PARA ESPAÑA  Y amazon luis nelson rodriguez custodio, PARA LATINOAMÉRICA.

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Aquel que duda y no investiga, se torna, no solo infeliz, sino también injusto.

 

Blaise Pascal. (1623- 1662)

 

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EL PERGAMINO PERDIDO.

 

El teólogo Denis Simmons, profesor de la materia de teología en la universidad de Rivera, en París, estaba finalizando su clase de primer año en el amplio lugar que albergaba casi cincuenta alumnos.

 

Estiró su largo y delgado cuerpo para poder abarcar a todos con su vista y pasó la mano izquierda por el corte casi militar de su negrísimo pelo.

 

Era considerado algo rebelde y revolucionario (sus jóvenes treinta años aumentaban esa impresión), pero eso se le perdonaba en la sobria institución católica, debido a sus amplios conocimientos sobre el tema.

 

Se lo tenía por uno de los mayores expertos del mundo en los textos bíblicos. A pesar de su rebeldía era un honor tenerlo en el cuadro docente.

 

En esos momentos hacía una pregunta clave a la clase:

 

―¿Alguien sabe de dónde proviene la palabra “Biblia”?

 

Un rubio, algo pasado de kilos levantó tímidamente la mano y el profesor le dio la palabra:

 

Por favor, sáquenos de la duda ―le dijo Simmons.

 

Algunos sonrieron y el chico, que no pasaría los diecisiete años se puso algo colorado diciendo:

 

―Creo…que tiene algo que ver con libros, en otro idioma.

 

―No está tan equivocado, pero no es totalmente exacto…. La palabra Biblia debe su origen a la ciudad fenicia de Biblos, famoso centro de comercio de papiros.

 

Pero Biblia en plural, significa: “los libros”.

 

Les podría hablar del papa San Clemente Romano, que fue la primera persona en llamarle Ta Biblia, es decir La Santa Biblia o Sagradas Escrituras.

 

Pero para un primer año les resultaría aburrido, por lo que vamos a hablar de algo más interesante. Los errores y curiosidades.

 

Por ejemplo, ¿quién me puede decir cuál fue el fruto prohibido que comió Eva en el Paraíso?

 

―¡Eso es fácil! ―dijo una alumna, con pelo largo enrulado y cara de niña―.

 

Fue una manzana. Cualquiera lo sabe.

 

―Sin embargo te equivocas. Pero no te preocupes, millones de cristianos lo hacen.

 

En el libro del Génesis no se menciona que el fruto fuera una manzana.

 

Pudo ser un higo, una pera o una naranja.

 

―¿Está bromeando? ―dudó la muchacha.

 

―Para nada ―aclaró el profesor―. El error viene de un editor que tradujo mal el término malus-malum, que en realidad significa “mal fruto” y él lo descifró como manzana. Y así lo dejaron por tradición.

 

―¡Qué increíble ―dijo la chica. Jamás pensé que fuera así.

 

―Hay muchas cosas increíbles ―continuó Simmons―. ¿Quién me dice ahora cuál fue el nombre de la primera mujer?

 

―¡Eva! ―casi gritó un fornido muchacho, al tiempo que levantaba la mano.

 

―Ahí tenemos otro error ―corrigió el profesor―. Según las escrituras, más concretamente en Génesis 17:15, Dios, cuando le dio vida a la primera mujer le puso por nombre Sara.

 

Después fue Adán que le comenzó a llamar Eva.

 

―¡Tenemos todas las creencias erradas! ―protestó una chica bastante más alta que las demás , que se encontraba en el fondo.

 

―No todas, pero muchas sí ―aclaró Simmons―. Y justamente por eso estoy aquí, para corregirlas.

 

No hay que creer ciegamente en las tradiciones. Todos los humanos nos podemos equivocar. Después veremos otras cosas.

 

Pero tenemos tiempo para eso ―miró su reloj―. Doy por terminada la clase.

 

Qué tengan un buen día.

 

Todos se comenzaron a levantar y se sintió un fuerte murmullo de conversación. Al fin y al cabo eran cincuenta adolescentes juntos.

 

Cuando el profesor Denis Simmons quedó solo comenzó a juntar sus apuntes del escritorio.

 

En ese momento golpearon la puerta de forma insistente y nerviosa.

 

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2

 

Entró un sacerdote, algo bajo y con una incipiente calvicie. En su rostro, de prominente nariz y ojos vivaces, se notaba preocupación. La larga y clásica sotana se agitaba a su paso.

 

―Permiso y buenas tardes ―dijo atropelladamente―. ¿Cómo está, profesor Simmons?

 

―¡Padre Antonelo! ¡Cuánto tiempo sin verlo! ¿Qué lo trae por aquí? Arrime una silla y siéntese.

 

El cura se acomodó rápidamente y comentó:

 

―Me manda el cardenal Marcos. Dice que usted es el indicado para resolver un grave problema.

 

―¿Qué clase de problema?

 

―Parece que muy grave. Se trata de un texto encontrado en una excavación en

 

Palestina. Estaba en un cilindro de metal, protegido en los extremos por una especie de cera endurecida.

 

―¿Y cuál es el problema? El cardenal conoce bastante de hebreo, arameo y griego para traducirlo sin problemas. Es todo un políglota. ¿O está en algún idioma extraño?

 

―Está en arameo ―aclaró el sacerdote―. Pero ese no es el problema, sino su contenido. El cardenal dice que debe ser falso. Pero nunca lo había visto tan alarmado.

 

―¿Y qué es lo que dice? Debe ser algo importante.

 

―Se trata de algo relacionado con Jesús y su muerte. No me lo quiso explicar todo por mi propia seguridad. Eso fue lo que me dijo. Se mostró muy misterioso.

 

Pero agregó que de ser auténtico ese texto, cambiaría la mitad del Nuevo Testamento.

 

De todas formas nos va a aclarar el contenido a los dos juntos.

 

Me tiene que acompañar hasta la catedral.

 

―¡Por supuesto! ―dijo Simmons, levantándose―. Pero aquí hay algo raro.

 

Conozco bien a Marcos y si se escandalizó tanto debe ser algo serio.

 

Supongo que se habrá asegurado de que no sea un texto falso.

 

―¡Por supuesto! ―aseguró el padre Antonelo, mientras caminaban hacia el auto de Simmons―. Es un escrito en forma de rollo, de pergamino.

 

El cardenal lo mandó analizar y en efecto, le confirmaron la antigüedad, y eso lo dejó más preocupado.

 

Lo que de todas maneras me extraña―dijo el profesor, mientras ponía en marcha el auto― es que, como usted sabe, la Iglesia ha descartado muchos escritos antiguos por considerarlos leyendas inconvenientes.

 

Yo mismo sé de buena fuente que el Vaticano posee una extensa biblioteca con textos antiguos que resultan nocivos para el catolicismo.

 

No entiendo por qué esa preocupación por uno más.

 

Por lo poco que pude saber este tiene algo que lo diferencia de los demás. Pero le confieso que no entendí al cardenal cuando se negó a revelarme el contenido. Parece que temiera algo.

 

―Cada vez estoy más intrigado ―reconoció el profesor―. El texto tiene que tener algo que cambie todo. Pero no tengo la menor idea de lo que puede ser.

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