PARTE DE «FUTURO IMPERFECTO»

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No te dejes atrapar por el dogma. Lo cual es vivir con el resultado del pensamiento de otros.

STEVE JOBS.

 

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FUTURO IMPERFECTO

LUIS NELSON RODRÍGUEZ.

PRÓLOGO

 

El hombre fue despertando lentamente.

Trató de ubicarse en el contexto de su “yo” sin conseguirlo.

Buscó en la mente, confundido al principio, forzando las neuronas casi con desesperación.

Difusas imágenes flotaban inconexas por el cerebro, produciéndole una perceptible sensación de dolor físico.

Ya más consciente del cuerpo trató de abrir los ojos… ¡y no pudo!

Su cuerpo tembló con un miedo irracional, atávico.

Intentó mirar, poniendo en ello todas sus fuerzas, y ya al borde del pánico, lo logró.

De inmediato los cerró por reflejo, apretando los párpados, protegiéndose de una fuerte luz que hirió sus pupilas.

Luego de unos minutos lo intentó nuevamente, muy despacio y temeroso. Ahora la luz no parecía tan fuerte, al contrario, era agradablemente tenue, de una suavidad seductora y azulada.

Pestañeó varia veces, y la imagen al principio borrosa, se aclaró.

Tres hombres calvos, con grandes túnicas blancas, altos y delgados, lo miraban fijamente.

―¿Dónde… estoy? -intentó preguntar, pero su lengua aletargada e indócil, solo le permitió emitir un gruñido gutural.

Uno de los extraños se situó a su derecha y le apoyó algo en el brazo.

Se tensó esperando sentir el característico pinchazo, pero para su sorpresa la sensación fue otra. Una sutil corriente eléctrica recorrió su cuerpo. No era nada desagradable, todo lo contrario. Notó en su anatomía una renovada vitalidad.

―¿Cómo se siente? ―le preguntó el de la derecha, con extraño acento.

―Fue entonces que muy lentamente, comenzó a recordar…

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1

―¿Cómo se siente? ―repitió el mismo―. ¿Puede hablar?

―Creo…que sí dijo lentamente y con mucha dificultad, mientras pasaba lentamente la mano por su corto cabello negro―. Me llamo…Patricio Méndez. ¿Dónde estoy?

―Más bien la pregunta sería cuándo ―dijo el de la derecha, sonriendo levemente.

―¿Qué? ―dudó Patricio, confundido―. No le entiendo.

―Es simple, usted no viajó en el espacio sino en el tiempo. Su viaje fue a través de los años.

―Fue por mi propia voluntad ―aclaró Patricio―. Tenía una enfermedad incurable y alguien me convenció de que la única forma de sobrevivir era la hibernación hasta que descubrieran la cura para mi mal. Recién tengo treinta y cuatro años.

―Y lo hicimos ―enfatizó el del medio―. De hecho ya lo curamos. Escuchamos su historia en el pequeño disco que se encontraba a su lado y procedimos de acuerdo a eso.

―¡Entonces resultó! ―exclamó el paciente, radiante de alegría―. ¿Ya está enterada mi familia?

¿Cómo están mi mujer y mis dos hijos? Me sometieron a esto cuando cumplí treinta y cuatro.

¿Cuántos años pasaron, o fueron meses?

Los médicos se miraron entre ellos, muy serios. Finalmente, luego de unos tensos segundos, el de la izquierda habló:

―Creo que no entendió del todo ―dijo frenando el aluvión de interrogantes―. La criogenia se efectuó en el año 2015, y ahora estamos en el 2317.

―¿Es una broma, no? ―se desesperó Patricio. Se suponía que en pocos años encontrarían la cura. ¡Díganme que es una broma!

―Lamentablemente para sus intereses hablamos en serio. Como era un proyecto experimental, usted estaba en un sótano, cuya entrada se encontraba muy oculta para que no lo encontraran antes de tiempo.

Por lo que vimos la casa se derrumbó, no sabemos si debido a un terremoto o qué, y suponemos que murieron sus ocupantes.

Los nuevos dueños construyeron otra residencia sobre el sótano, desconociendo la existencia de éste, que se encontraba a bastante profundidad.

En resumen, el mundo se olvidó de su existencia. Lo encontramos hace poco, al escavar para una investigación arqueológica.

―Entonces ahora soy una pieza de museo ―se lamentó Patricio―. ¡Mi mujer, mis hijos! Todos mis parientes y amigos están muertos desde hace muchos años. ¡No puede ser, están mintiendo!

―Y para ironía del destino ―continuó el otro―, la cura para su mal se descubrió veinte años después de que lo pusieron a dormir. Para ese entonces, según lo que dedujimos, los que sabían de su existencia ya habían muerto en el derrumbe.

―¡Todos muertos ―exclamó Patricio, sin poder asumirlo del todo―. ¿Quiénes son ustedes?

―Médicos, por supuesto ―contestó el del medio―. Me llamo Virtus y soy el principal.

A mi derecha el doctor Groening y especialista en biología, y a mi izquierda el profesor Gadino, experto en historia de la medicina.

En este caso yo soy la historia ―ironizó Patricio―. Me tendría que examinar un arqueólogo.

―En realidad sí ―confirmó el médico jefe, lapidario―. Veo que tiene conciencia de la situación. Usted es una antigüedad.

(¿Bromeaba?) ―se sorprendió Patricio de la brusca respuesta del otro, mirándolo a los ojos.

Pero no, en pocos segundos y por intuición, estuvo seguro de que el médico hablaba en serio.

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2

Virtus y Groening dieron media vuelta y salieron del cuarto sin mediar saludos ni explicaciones.

Solamente quedó Gadino, quien mirándolo inexpresivamente lo consultó:

―¿Alguna otra pregunta?

―Muchas ―contestó Patricio, mirando a su alrededor―.Esas cosas ―señaló varios aparatos encastrados en la cabecera de su cama, que mostraban gráficos en movimiento― son parecidas a las que usaban para controlar los signos vitales en mi época. Pero ―se miró el cuerpo― yo no tengo nada conectado.

―Están unidos a su cama ―aclaró Gadino―. Sé que en aquellos tiempos los pegaban directamente al paciente, pero así es más cómodo. Al levantarse dejan de funcionar.

A propósito, ¿quiere dar un paseo?

―¿Ya puedo levantarme? Pensé que tendría que quedarme en la cama un poco más.

―No es necesario, pero de todas formas va a permanecer en el hospital hasta mañana para cumplir con un período de observación. Vamos a aprovechar el tiempo y le muestro las instalaciones.

Al incorporarse y estirar su largo y delgado cuerpo, Patricio notó que lo habían vestido con una especie de bata naranja sin botones y una tira de la misma tela para ajustarla. Al costado de la cama encontró pantuflas de idéntico color.

―Uniforme de paciente ―aclaró Gadino, captando la mirada del otro.

Salieron al pasillo y comenzaron a caminar lentamente. De vez en cuando se cruzaban con algunas personas con ropas idénticas a las suyas, y unos pocos calvos de blanco, que pasaban sin mirarlos ni saludar.

―Supongo que los de blanco son doctores ―dedujo Patricio―. ¿Pero por qué son todos pelados?

―Cuando uno comienza a estudiar medicina debe raparse todas las semanas ―explicó el médico―. Los pelos al caer en una herida causan infecciones. Siempre me pareció un descuido que en su época no…

―¡Cuidado! ―se alarmó Patricio al ver un pequeño tanquecito pintado de verde brillante, de unos cuarenta centímetros de alto por sesenta de largo, que avanzaba directamente hacia ellos.

―Es un robot de limpieza totalmente inofensivo ―explicó Gadino―.Vea como trabaja ―sacó una pequeña gasa de su bolsillo y la tiró al piso.

De inmediato el robot se dirigió hacia allí, aspiró la gasa al pasar sobre ella, y dejó una brillante estela que despedía un agradable aroma a desinfectante.

―¡Muy práctico! ―elogió patricio, pensando en cuántos limpiadores habrían quedado sin trabajo.

Pasaron por varias salas, algunas grandes y otras más pequeñas. A través de los vidrios se veían filas de camas, varias de ellas con extraños aparatos.

―No se ve tan distinto a los hospitales de mi tiempo ―opinó Patricio, mirando a los internados. Sin embargo había algo, no podía precisar qué, que no estaba bien…

¿Puedo conocer el exterior? ―pidió―. Todas las salas dan a patios interiores.

―Por hoy no. Mañana, si el director lo autoriza, le daremos de baja.

―De alta, será.

―Si entra a un trabajo le dan de alta; si se va le dan de baja. No tengo idea de por qué antes los médicos le decían al revés.

―De todas formas le agradezco las molestias que se está tomando conmigo.

―Sigo órdenes ―dijo en tono seco―. Además de médico soy experto en historia de la medicina.

¿Usted no sentiría curiosidad si pudiera contactar con un antepasado suyo?

Esas frías palabras hicieron que por segunda vez desde que había despertado, Patricio se sintiera como un raro espécimen.

En ese momento, y sin saber por qué, se dio cuenta del detalle que se le escapaba y preguntó:

―Todos los médicos y pacientes que vi eran gente relativamente joven. Sobre todo lo noté en los pacientes, que en todos los hospitales son ancianos en su gran mayoría. ¿Es qué están en otro piso?

―¿Para qué quiere ver viejos inútiles? ―dijo bruscamente el doctor, con una mueca de desprecio.

Patricio quedó tan sorprendido por esa respuesta inesperada, y más tratándose de un médico, que no supo que decir.

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LUIS RODRÍGUEZ.

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HAY PARA TODOS LOS GUSTOS.

MUCHAS GRACIAS.

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