Pastillas “comunes”

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Durante el siglo XVII, especialmente en el mundo anglófono, la composición de libros de lugares comunes era frecuente entre la gente letrada.

Pero se trataba de cuadernos en donde estas personas copiaban todo lo que consideraban de utilidad, desde recetas hasta fórmulas científicas.

Ahora suena peyorativo, aunque en su momento reflejaba todo el saber de la gente.

Hoy los tenemos casi como “malas palabras” que afean un texto.

Claro que no solo son frases. También pueden ser conceptos arraigados como verdades.

Como por ejemplo “que los escritores no podemos opinar  sobre las realidades, porque estamos sumergidos en la fantasía. O que la mujer es menos capacitada que el hombre.

Todos los ancianos perdieron la casi totalidad de su inteligencia etc”.

Y así podríamos seguir la lista.

Los que escribimos debemos evitar caer en los ya trillados argumentos de “el macho inteligente y fuerte y la mujer asustadiza y débil, que al primer peligro se cuelga del cuello del héroe.

Del protagonista invencible, sin complejos ni miedos y al que todo le sale bien y conquista todas las féminas que quiera.

Los recursos de último momento que aparecen en el instante justo y que nadie sabía que estaban ahí.

El sabio ajeno al mundo y a todo lo que lo rodea.

Los buenos siempre lindos y de buena figura y los malos muy feos y gordos”.

Y aquí también hay “mucha tela para cortar”, qué también es un lugar común. Pero cada uno más o menos los conoce.

Por último las clásicas frases: “Labios de carmín, verde paisaje, ojos de cielo, abanico de posibilidades, amarga derrota, astro rey, brillar por su ausencia, llegar a buen puerto, un cálido abrazo, cobrarse una vida”.

Por supuesto hay mucho más de cada cosa, pero por hoy nos detenemos aquí.

Buenos días y buenos escritos.

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LUIS RODRÍGUEZ.

 

 

 

 

La gran batalla

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El vivir, mortal enfermedad,

invariable final ya programado.

Al principio sabemos la cruel verdad

del desaparecer asegurado.

Viven solo aquellos que combaten

luchando una batalla ya perdida.

Los que ante el sufrimiento no se abaten

y prestos a luchar aman la vida.

¿Las armas?…El amor y la esperanza

guerreros persiguiendo una utopía.

Un mito como tal nunca se alcanza,

su lucha, que la encuentro como mía.

Otros, en la sombra, agonizantes,

ven pasar jornada tras jornada

dudando, perdidos e ignorantes,

existen sin vivir, pues no son nada.

No seas como ellos, ¡da pelea!

Estáis en una guerra, ¡ve y combate!

Demuestra tu tesón y tu ralea,

que el monstruo rutinario no te mate.

¡Y triunfa!, que también es muy posible.

No importa que te quede alguna herida.

Recuerda de que nadie es imbatible,

y el luchar es sinónimo de vida.

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LUIS RODRÍGUEZ.

 

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¡Atrapada!

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Estaba encerrada en la enorme habitación.

En ese momento alguien se acercó, y ella se escondió en un rincón.

No estaba segura de si la habían visto. Sin embargo el extraño lanzó un gas al aire.

Se dio cuenta de que éste le impedía respirar, causándole grandes dolores.

¿Que mal le había hecho? No recordaba ninguno.

Pegó contra la ventana con todas sus fuerzas, viendo a través del vidrio su libertad.

Pero era muy grueso. Solo consiguió lastimarse en su desesperación.

Miró con ansia el jardín, tan cerca e inalcanzable.

Cayó al piso, dándose cuenta de que eran sus últimos momentos.

Moría, y no podía hacer nada por evitarlo.

Con los últimos destellos de su razonamiento repitió mentalmente muy confundida:

“¿Qué le hice?”

Finalmente todo se tornó eternamente negro. La muerte había tomado su cuerpo.

La mosca quedó tirada, en un rincón de la cama.

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LUIS NELSON RODRÍGUEZ.

 

 

 

 

Unas pastillas “de novela”

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Para escribir una novela hay que prepararse, investigar y mentalizarse.

Prepararse técnicamente, investigar sobre el asunto y tratar de no cometer errores (siempre habrá alguien que entienda del tema), además mentalizarse de que no va a ser fácil, al contrario, va a dar mucho trabajo.

Puede que tengas una muy buena idea con muchas variantes, pero a la página cincuenta (más o menos) te des cuenta de que ya pasó todo lo que tenías planeado y no sabes como hacer para no repetirte ni aburrir.

Para evitar eso tienes que planificar. Es decir: un principio que atraiga, parte media con varias ideas y final.

Pero solo esbozado, después lo puedes cambiar a tu gusto. Es como un cuadro, ese esqueleto es la base que te ayudará.

Cuida la forma de hablar de cada personaje. No hablan igual un hombre anciano, un niño o un doctor.

Trata de no repetir los nombres de los protagonistas. Hazlo solo para que se sepa quién habla en caso de ambigüedad.

__¿Cómo estás, Juan Manuel?

__Bien, María Romero.

__¿Y tu familia, Juan Manuel?

__Bien, María Romero.

Nadie repite nombre y apellido de la persona cada vez que le habla.

__¿Cómo estás, Juan?

__Bien, María.

__¿Y tu familia?

__La va llevando como puede.

También es conveniente mantener alguna intriga para la curiosidad del lector, obligándolo a que siga leyendo para enterarse:

“Ramón tenía un plan muy inteligente, pero no quería que nadie se enterara…”

O: “Juan se guardaba algo que nadie sabía.”

Crea giros argumentales para sorprender al lector con algo que no esperaba.

No hay novela más aburrida que aquella en que el que la lee ya sabe lo que va a pasar desde un principio.

Siempre piensa en el lector (aunque algunos recomienden lo contrario). Éste lee para entretenerse, no para aburrirse. Por lo tanto trata de que el argumento sea interesante y lleno de ideas sorprendentes y novedosas.

Que la historia esté clara y bien contada.

Esta lleva planteamiento, conflicto, puntos de giro, clímax y desenlace.

Y por último, y no menos importante, revisa buscando errores de ortografía, planteamiento, argumento sin incoherencias y palabras repetidas muy seguido, sobre todo en la misma página . No seas vago/a, después de tanto trabajo no querrás arruinar tu novela por pequeños defectos.

No te precipites  con el final por impaciencia en terminar, o que ya te estés aburriendo del tema.

Si cumples con esto, ya tendrás tu novela hecha.

Mucha suerte.

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LUIS NELSON RODRÍGUEZ.

 

 

 

 

 

 

 

 

El sueño…

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Soñaba que era el dueño de casa y todos le hacían caso.

Tenía mujer y dos hijos que lo trataban muy bien.

Comía en la gran mesa suculentos manjares, con jugosa carne, la mayoría de las veces.

Dormía la siesta en la confortable y gran cama, bien abrigado con las mantas.

Su vida era un paraíso.

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Un ruido lo despertó…

Ladró, sin saber muy bien de dónde venía el estruendo.

Tironeó de la corta cadena hasta que le dolió el cuello.

Al ver que la noche estaba tranquila, se volvió a meter en su pequeña casilla.

Tenía hambre. Pero se arrolló sobre si mismo e intentó dormir, aunque el frío le hacía tiritar.

El pobre animal deseó poder retomar el mismo sueño.

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LUIS NELSON RODRÍGUEZ.