EL NEGRO

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Corría el invierno del año 1810. El pobre negro, encadenado en un ranchito de lata, que ni siquiera tenía puerta, sufría el frío y el fuerte viento helado que azotaba su cuerpo.

Su patrón le daba las sobras de comida, y eso cuando se acordaba, por lo que el hambre siempre estaba presente y se le notaban las costillas.

La vida para él no tenía sentido, ya que no tenía ni siquiera una compañera que lo conformara con su presencia.

De repente sintió un punzante dolor en el pecho y le costó respirar cada vez más.

Quiso gritar, buscar ayuda, pero solo le salió un gemido apagado que se perdió en la helada madrugada.

De repente, en su muda desesperación, comprendió que moría; pero todo daba igual.

De todas formas hubiera querido no sufrir, terminar esa tortura casi sin darse cuenta.

En su analfabetismo casi no conocía el concepto de muerte, pero su instinto le decía que allí terminaba todo.

Se fue durmiendo lentamente…

Ya casi no sentía nada.

Al amanecer, poco después de la salida del pálido sol, su patrón encontró a su perro ya frío, con la cadena tirante, en un vano y último intento de escapar a la muerte.

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LUIS RODRÍGUEZ.

 

 

 

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Pastillas de gerundios… y otras cosas

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Vamos a hablar del gerundio de posterioridad, poco conocido por lo nuevos escritores.

El gerundio es una forma verbal que expresa una acción simultánea o anterior al verbo principal.

Por ejemplo:

“Alargó la mano tomando el cuchillo”. No puede hacer las dos cosas a la vez, así que lo correcto sería:

“Alargó la mano y tomó el cuchillo”. Ese “y” establece que no hizo las dos cosa a la vez.

Por si no quedó claro, aquí va otra:

“Tragó en forma brusca atorándose y asfixiándose”. Es claro que primero tuvo que comer para después atorarse y asfixiarse.

Por lo tanto lo correcto sería:

“Tragó en forma brusca y como consecuencia se atoró  y asfixió”.

Nunca se debe relatar dos acciones distintas simultáneas como si sucedieran al mismo tiempo.

Sin embargo este error es muy común y estropea el estilo de muchos escritores nuevos.

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LUIS RODRÍGUEZ

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Y HAY MÁS…

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Así comienza “UN MUNDO MÁS ALLÁ…”

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CIENCIA FICCIÓN.

LUIS RODRÍGUEZ.

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¿Y qué si dormías?

¿Y qué si en tu sueño soñaste?

¿Y qué si en tu sueño fuiste al cielo

y allí cogiste una extraña y hermosa flor?

¿Y que si al despertar la flor estaba en tu mano?

SAMUEL TAILOR COLERIDGE

(1722-1834)

                                                       PRÓLOGO

¡El Triángulo de las Bermudas!

Incontables teorías se han tejido en su nombre.

Su ubicación está delimitada por la corriente del Golfo, , un poderoso río que se mueve cruzando el mar.

Llegando al sur de Puerto Rico se desvía en gran parte hacia el Norte, arribando a las costas orientales de Cuba y Florida y pone rumbo Noreste, dirigiéndose hacia las Bermudas, de las que toma su nombre.

De allí continúa hacia el Suroeste, hasta los treinta grados de latitud norte.

En ese punto se desvía al Sureste, completando el triángulo.

Dentro de esos límites y desde el término de la Segunda Guerra Mundial en 1945 (no hay datos confirmados de época anterior), han desaparecido sin causa aparente y sin dejar rastro, aproximadamente mil quinientas personas  y más de un centenar de barcos y aviones.

¿Casualidad? Parece improbable, debido a la gran acumulación de hechos.

¿Fantasía? ¡Imposible! Hay infinidad de informes de compañías de aviación y navieras, además de las que que poseen fuerzas militares de varios países.

Y todos sabemos que estos son exasperadamente racionales y nada propensos a la fantasía.

De ellos, además, tenemos las sabrosas comunicaciones radiales emitidas por sus hombres, antes de perder todo contacto. Me pareció un desperdicio no transcribir alguna de ellas, casi textual, en esta novela.

Lo demás es simple teoría, una de las tantas que circulan por el mundo.

No obstante, luego de estudiar todo el material que llegó a mis manos, me pareció por lo menos, probable.

¿Viaje hacia otra dimensión o en el tiempo? ¿Una puerta para algún lugar remoto del universo?

El lector tiene la última palabra.

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1

El poderoso bimotor surcaba un diáfano cielo de verano, haciendo que bandadas de pájaros cambiaran el rumbo de su vuelo para evitar aquel estruendoso bólido.

Piloteaba la máquina el teniente aviador Manuel Ahumada, experiente oficial de la fuerza aérea; con 38 años de edad y veinte en el servicio activo.

Llevaba a su lado al cadete Juan Amaya, nervioso joven de 19 años en su segundo vuelo de instrucción.

¡Mire bien! __tronó la voz del teniente en la reducida cabina__. Debe controlar la velocidad para no dejarla caer, mientras tiene retraídos el tren de aterrizaje y flaps.

Si llega a suceder eso, entrará en pérdida de velocidad, o sea que nos vendríamos abajo. ¿Comprende?

__¡Perfectamente, señor__ contestó el cadete__. ¡Cómo para olvidarse de ese pequeño detalle!

__¿Sabe dónde estamos? __interrogó el instructor, intentando contener una sonrisa ante el último comentario de su subalterno.

__¡Por supuesto! __exclamó éste tratando de aparentar seguridad; y mirando de reojo los instrumentos recitó: 38.43. 15…68.12. 46…curso 185… 240 nudos .

__Sí, sí __asintió el veterano piloto__. Cualquiera puede leer los instrumentos. Pero dónde estamos geográficamente.

__Creo…__la voz del muchacho sonó algo insegura__ que nos encontramos en la costa oriental de Florida.

__¡Bastante cerca! __confirmó el oficial__. Pero a lo que me refería es que entramos al famoso “Triángulo de las Bermudas”.

__¿Y eso es peligroso? __indagó el cadete, abriendo más los ojos.

__¡Cuentos de brujas! __desestimó el teniente con un gesto despectivo__. Mil veces he volado por estas coordenadas y sigo aquí.

Dejemos eso. ¿Velocidad?

__280 nudos.

__Cierro un poco los aceleradores y ajusto los compensadores. ¿Me sigue?

__Atentamente, señor.

El vuelo continuó en estos términos por otros veinte minutos, hasta que el instructor preguntó: ¿Coordenadas?

__40…no…41 __dudaba el muchacho, cada vez más nervioso__. ¡No sé, señor!

__¡Cómo que no sabe…?

__Mire usted mismo __interrumpió el cadete en forma innecesaria , pues ya su superior se encontraba mirando el tablero con el asombro pintado en su rostro, porque en el panel los números se alternaban sin cesar.

__¿Qué demonios…? __exclamó el teniente. No puede ser. ¡Ni los compases giroscópicos funcionan!

__¿Algún campo magnético? __arriesgó su opinión el muchacho, tratando de parecer profesional.

__¡Imposible! __ desestimó el oficial__. A diferencia del magnético , el girocompás indica hacia el Norte, pero no al Norte magnético, sino al geográfico. Solo se detiene interrumpiendo la carga eléctrica. Y si eso pasara los motores se detendrían.

Voy a llamar a la base __se ajustó los auriculares y levantó una palanquita del panel. Al encenderse la luz roja comenzó a transmitir:__ F.A. 35  a torre de control. F.A. 35 a torre de control…

Ésta es una emergencia. Repito: es una emergencia. Cambio.

__Aquí torre de control__ la voz surgió de la radio con tono metálico por algunos segundos__. Lo copiamos con algo de estática.

__Parece que hemos perdido el rumbo __anunció sintiéndose algo avergonzado__. No podemos ver tierra. Repito: No podemos ver tierra.

__¿Cuál es su posición?

__No estamos seguros de nuestra ubicación. No podemos estar seguros de nuestra posición. No podemos saber acerca de dónde estamos.

Aunque me cueste aceptarlo, parece que nos hemos extraviado…

__Tome el rumbo debido, recto hacia el Oeste.

__No sabemos en que dirección está el Oeste.

Todo anda mal. Es extraño…. No podemos estar seguros de ninguna dirección…

Ni siquiera el océano tiene un aspecto normal. ¡El altímetro no funciona! La mira parece desenfocada. Mis dos compases han dejado de funcionar…

Estoy seguro de que nos hallamos sobre los Cayos. Pero no sé a qué altura.

__Vuele rumbo Norte, guíese por el Sol

__Pero si nada es normal… ¡Ni el Sol es normal ahora!

Debemos haber pasado por Florida y encontrarnos sobre el golfo.

Intentaremos cambio de rumbo de 180 grados, para no alejarnos en exceso.

¡Estamos completamente perdidos…!

Solo el ruido de la creciente estática respondió al desesperado llamado.

Y momentos después ni eso. Un silencio de tumba imperaba en la radio.

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MUCHAS GRACIAS.

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Comenzar a tomar pastillas

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Voy a insistir, pero con otras palabras, sobre un tema recurrente en mis comentarios;  pero sumamente importante  en la literatura si quieres que se entusiasmen con tus cuentos y novelas.

Las primeras páginas serán las que evalúe  el lector para seguir en la lectura.

No caigas nunca en el error de comenzar un relato con datos comunes que no aporten nada a la historia, como que el protagonista se levanta, se lava la cara y los dientes, se pone una camisa azul, etc.

Si tienes suerte el lector seguirá leyendo hasta que comience la acción, pero es más probable que cierre el libro, aburrido.

Pasa lo mismo con las descripciones, entrégalas poco a poco y capta la atención del lector en las primeras páginas, que son las más importantes, cosa que se intrigue por lo que va a pasar.

Si no sabe nada de la historia, poco le interesará si es rubio o morocho, si usa camisa amarilla o si se afeitó o bañó.

Esos pequeños detalles los puedes ir intercalando  a medida que transcurre la historia y en cuentagotas, para que el que lee se interese  en lo que le pase, y tenga más idea del aspecto y costumbre de de los “actores” del drama.

Y créales problemas que parezcan insolubles, sin compasión y desde el principio, aumentándolos a medida que pasa la historia.

Así tu cliente tendrá que terminar de leer para enterarse de cómo  se resolvió todo.

Y, por favor, a no ser que sea un libro de fantasía, que la solución sea creíble. No defraudes al lector con un final improbable o rebuscado.

Pero ojo, cuando digo improbable no quiero decir inesperado, que eso sí es lo ideal y le da calidad al final.

Muchas gracias.


LUIS RODRÍGUEZ.

PARTE DE “FUTURO IMPERFECTO”

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No te dejes atrapar por el dogma. Lo cual es vivir con el resultado del pensamiento de otros.

STEVE JOBS.

 

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FUTURO IMPERFECTO

LUIS NELSON RODRÍGUEZ.

PRÓLOGO

 

El hombre fue despertando lentamente.

Trató de ubicarse en el contexto de su “yo” sin conseguirlo.

Buscó en la mente, confundido al principio, forzando las neuronas casi con desesperación.

Difusas imágenes flotaban inconexas por el cerebro, produciéndole una perceptible sensación de dolor físico.

Ya más consciente del cuerpo trató de abrir los ojos… ¡y no pudo!

Su cuerpo tembló con un miedo irracional, atávico.

Intentó mirar, poniendo en ello todas sus fuerzas, y ya al borde del pánico, lo logró.

De inmediato los cerró por reflejo, apretando los párpados, protegiéndose de una fuerte luz que hirió sus pupilas.

Luego de unos minutos lo intentó nuevamente, muy despacio y temeroso. Ahora la luz no parecía tan fuerte, al contrario, era agradablemente tenue, de una suavidad seductora y azulada.

Pestañeó varia veces, y la imagen al principio borrosa, se aclaró.

Tres hombres calvos, con grandes túnicas blancas, altos y delgados, lo miraban fijamente.

―¿Dónde… estoy? -intentó preguntar, pero su lengua aletargada e indócil, solo le permitió emitir un gruñido gutural.

Uno de los extraños se situó a su derecha y le apoyó algo en el brazo.

Se tensó esperando sentir el característico pinchazo, pero para su sorpresa la sensación fue otra. Una sutil corriente eléctrica recorrió su cuerpo. No era nada desagradable, todo lo contrario. Notó en su anatomía una renovada vitalidad.

―¿Cómo se siente? ―le preguntó el de la derecha, con extraño acento.

―Fue entonces que muy lentamente, comenzó a recordar…

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1

―¿Cómo se siente? ―repitió el mismo―. ¿Puede hablar?

―Creo…que sí dijo lentamente y con mucha dificultad, mientras pasaba lentamente la mano por su corto cabello negro―. Me llamo…Patricio Méndez. ¿Dónde estoy?

―Más bien la pregunta sería cuándo ―dijo el de la derecha, sonriendo levemente.

―¿Qué? ―dudó Patricio, confundido―. No le entiendo.

―Es simple, usted no viajó en el espacio sino en el tiempo. Su viaje fue a través de los años.

―Fue por mi propia voluntad ―aclaró Patricio―. Tenía una enfermedad incurable y alguien me convenció de que la única forma de sobrevivir era la hibernación hasta que descubrieran la cura para mi mal. Recién tengo treinta y cuatro años.

―Y lo hicimos ―enfatizó el del medio―. De hecho ya lo curamos. Escuchamos su historia en el pequeño disco que se encontraba a su lado y procedimos de acuerdo a eso.

―¡Entonces resultó! ―exclamó el paciente, radiante de alegría―. ¿Ya está enterada mi familia?

¿Cómo están mi mujer y mis dos hijos? Me sometieron a esto cuando cumplí treinta y cuatro.

¿Cuántos años pasaron, o fueron meses?

Los médicos se miraron entre ellos, muy serios. Finalmente, luego de unos tensos segundos, el de la izquierda habló:

―Creo que no entendió del todo ―dijo frenando el aluvión de interrogantes―. La criogenia se efectuó en el año 2015, y ahora estamos en el 2317.

―¿Es una broma, no? ―se desesperó Patricio. Se suponía que en pocos años encontrarían la cura. ¡Díganme que es una broma!

―Lamentablemente para sus intereses hablamos en serio. Como era un proyecto experimental, usted estaba en un sótano, cuya entrada se encontraba muy oculta para que no lo encontraran antes de tiempo.

Por lo que vimos la casa se derrumbó, no sabemos si debido a un terremoto o qué, y suponemos que murieron sus ocupantes.

Los nuevos dueños construyeron otra residencia sobre el sótano, desconociendo la existencia de éste, que se encontraba a bastante profundidad.

En resumen, el mundo se olvidó de su existencia. Lo encontramos hace poco, al escavar para una investigación arqueológica.

―Entonces ahora soy una pieza de museo ―se lamentó Patricio―. ¡Mi mujer, mis hijos! Todos mis parientes y amigos están muertos desde hace muchos años. ¡No puede ser, están mintiendo!

―Y para ironía del destino ―continuó el otro―, la cura para su mal se descubrió veinte años después de que lo pusieron a dormir. Para ese entonces, según lo que dedujimos, los que sabían de su existencia ya habían muerto en el derrumbe.

―¡Todos muertos ―exclamó Patricio, sin poder asumirlo del todo―. ¿Quiénes son ustedes?

―Médicos, por supuesto ―contestó el del medio―. Me llamo Virtus y soy el principal.

A mi derecha el doctor Groening y especialista en biología, y a mi izquierda el profesor Gadino, experto en historia de la medicina.

En este caso yo soy la historia ―ironizó Patricio―. Me tendría que examinar un arqueólogo.

―En realidad sí ―confirmó el médico jefe, lapidario―. Veo que tiene conciencia de la situación. Usted es una antigüedad.

(¿Bromeaba?) ―se sorprendió Patricio de la brusca respuesta del otro, mirándolo a los ojos.

Pero no, en pocos segundos y por intuición, estuvo seguro de que el médico hablaba en serio.

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2

Virtus y Groening dieron media vuelta y salieron del cuarto sin mediar saludos ni explicaciones.

Solamente quedó Gadino, quien mirándolo inexpresivamente lo consultó:

―¿Alguna otra pregunta?

―Muchas ―contestó Patricio, mirando a su alrededor―.Esas cosas ―señaló varios aparatos encastrados en la cabecera de su cama, que mostraban gráficos en movimiento― son parecidas a las que usaban para controlar los signos vitales en mi época. Pero ―se miró el cuerpo― yo no tengo nada conectado.

―Están unidos a su cama ―aclaró Gadino―. Sé que en aquellos tiempos los pegaban directamente al paciente, pero así es más cómodo. Al levantarse dejan de funcionar.

A propósito, ¿quiere dar un paseo?

―¿Ya puedo levantarme? Pensé que tendría que quedarme en la cama un poco más.

―No es necesario, pero de todas formas va a permanecer en el hospital hasta mañana para cumplir con un período de observación. Vamos a aprovechar el tiempo y le muestro las instalaciones.

Al incorporarse y estirar su largo y delgado cuerpo, Patricio notó que lo habían vestido con una especie de bata naranja sin botones y una tira de la misma tela para ajustarla. Al costado de la cama encontró pantuflas de idéntico color.

―Uniforme de paciente ―aclaró Gadino, captando la mirada del otro.

Salieron al pasillo y comenzaron a caminar lentamente. De vez en cuando se cruzaban con algunas personas con ropas idénticas a las suyas, y unos pocos calvos de blanco, que pasaban sin mirarlos ni saludar.

―Supongo que los de blanco son doctores ―dedujo Patricio―. ¿Pero por qué son todos pelados?

―Cuando uno comienza a estudiar medicina debe raparse todas las semanas ―explicó el médico―. Los pelos al caer en una herida causan infecciones. Siempre me pareció un descuido que en su época no…

―¡Cuidado! ―se alarmó Patricio al ver un pequeño tanquecito pintado de verde brillante, de unos cuarenta centímetros de alto por sesenta de largo, que avanzaba directamente hacia ellos.

―Es un robot de limpieza totalmente inofensivo ―explicó Gadino―.Vea como trabaja ―sacó una pequeña gasa de su bolsillo y la tiró al piso.

De inmediato el robot se dirigió hacia allí, aspiró la gasa al pasar sobre ella, y dejó una brillante estela que despedía un agradable aroma a desinfectante.

―¡Muy práctico! ―elogió patricio, pensando en cuántos limpiadores habrían quedado sin trabajo.

Pasaron por varias salas, algunas grandes y otras más pequeñas. A través de los vidrios se veían filas de camas, varias de ellas con extraños aparatos.

―No se ve tan distinto a los hospitales de mi tiempo ―opinó Patricio, mirando a los internados. Sin embargo había algo, no podía precisar qué, que no estaba bien…

¿Puedo conocer el exterior? ―pidió―. Todas las salas dan a patios interiores.

―Por hoy no. Mañana, si el director lo autoriza, le daremos de baja.

―De alta, será.

―Si entra a un trabajo le dan de alta; si se va le dan de baja. No tengo idea de por qué antes los médicos le decían al revés.

―De todas formas le agradezco las molestias que se está tomando conmigo.

―Sigo órdenes ―dijo en tono seco―. Además de médico soy experto en historia de la medicina.

¿Usted no sentiría curiosidad si pudiera contactar con un antepasado suyo?

Esas frías palabras hicieron que por segunda vez desde que había despertado, Patricio se sintiera como un raro espécimen.

En ese momento, y sin saber por qué, se dio cuenta del detalle que se le escapaba y preguntó:

―Todos los médicos y pacientes que vi eran gente relativamente joven. Sobre todo lo noté en los pacientes, que en todos los hospitales son ancianos en su gran mayoría. ¿Es qué están en otro piso?

―¿Para qué quiere ver viejos inútiles? ―dijo bruscamente el doctor, con una mueca de desprecio.

Patricio quedó tan sorprendido por esa respuesta inesperada, y más tratándose de un médico, que no supo que decir.

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LUIS RODRÍGUEZ.

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HAY PARA TODOS LOS GUSTOS.

MUCHAS GRACIAS.

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LUTO

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Antiguamente, aquí en Uruguay, cuando un pariente moría toda la familia se vestía de negro por unos tres meses

Eso fue cayendo en desuso paulatinamente. Pero si en esa época alguien se ponía algún otro color, enseguida era discriminado por falta de respeto o ningún síntoma de cariño hacia  el fallecido.

Los niños se limitaban a usar un brazalete negro, símbolo de su sufrimiento.

Pero mi abuela llegó al límite, y esto es rigurosamente cierto.

Los escolares uruguayos usan túnica blanca y moña (no conozco ningún otro país que emplee este último detalle).

Pues bien, a mi abuela se le ocurrió confeccionarle una túnica totalmente negra a mi madre, de tal forma que parecía una mosca en la leche, rodeada de túnicas blancas.

Por supuesto esto causaba las burlas de sus compañeros que nunca habían visto disparate semejante.

Cuando ya tenía setenta años todavía recordaba la vergüenza que había tenido que pasar.

Tal vez esto no tiene demasiado valor literario, pero mi intención es que no se pierda el recuerdo de cosas personales de mi familia.

Muchas gracias por la atención.

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LUIS RODRÍGUEZ.